Combi...

A propósito de lo que le contó Ayrtón a Frida, y que yo -que soy un reverendo curioso- escuché, nació la idea de jugar un poco con las palabras, sobre este medio llamado COMBI.


El transporte limeño: tremendo problema ir en él, usarlo diariamente es cosa osada... Soportar hedores, cuerpos mofletudos, oír conversaciones íntimas, escuchar ronquidos, respirar en un espacio desoxigenado, con las ventanas cerradas y doblado en mil partes. Ir en combi es un acto epopéyico que diariamente asumo, que diariamente padezco, pero que –cual amor serrano- mientras más reniego de él, más me gusta.

Esa combinación de razas, esa pluralidad de cuerpos, olores, sabores; son masoquistamente atrayentes. Las señoras con sus canastas de pescados, junto a un enternado señor. La colegiala de diminuta falda frente a un estudiante de barba, con lentes y cara de enfermo que mira atrevidamente las piernas –aún en proceso- de la menuda fémina. El cobrador girando por todo el carro, insistiendo que al fondo entra uno más, metiéndose entre los cuerpos apretados, cohesionados, firmemente revoloteados de los pasajeros. Un pleito nunca falta. Es tan natural... Falta 20 céntimos / ¿Qué? Si yo siempre pago así ¿Cómo que va a faltar 20 céntimos? ´tas loco... / No, no; ´tonces bájese.. / ¡Qué! yo no me bajo: atrevido, ¿Qué te has creído?. Y entonces que el chofer se mete, y le dice a la señora que se baje, pero ella se enterca, un señor reclama que el carro avance, que se apure; otra mujer toca la luna con la moneda, casi hasta reventarla; el cobrador sigue reclamando; la gente entra en un estado de bullicio, pifias y alaridos como: ¡Avanza tortuga! ¡Apúrate ps´ oe! La mujer insiste en no pagar: simplemente no tiene más.

La combi es el fiel reflejo de la opinión del pueblo. Allí, un desentendido social como yo, sabe qué equipo ganó, que ha dicho Magaly, qué ministros están vendidos, y qué de nuevo hizo el chino en su último juicio. Es por este medio, que yo me entero de los últimos acontecimientos –no sé si importantes o no- de lo que sucede en el argot social, político y “cultural” de mi país. Es tremenda la combi, si uno tiene buena suerte, le toca un techo alto: allí ya no se está muy doblado; también si posees esa bendita suerte, te vas sentado a los diez minutos de haber subido. Pero si careces –como yo- de ese maldito azar del destino, te vas a ir parado toda la hora que dura tu trayecto, y sentirás como el cuerpo se te adormecerá, te temblarán las piernas, sufrirás un intento de parálisis... Verdaderamente lamentable.

Es pues, la combi; el mejor lugar que uno encuentra para dormir: con ronquidos o sin ellos. Es también uno de los lugares en que puedo leer apaciblemente -esto si antes encuentro asiento-. Además, la combi me proporciona ese placer de ver, escuchar, sentir y oler a mi gente, de la cual yo también formo parte. Ir en combi es descubrir el mundo que tantas personas ignoran, al cual varios somos indiferentes.

Que viva la combi y sus pasajeros dormilones, que viva el cobrador y sus boletos falsificados, que viva el chofer con las papeletas que no paga hace tres años, que vivan las colegialas de diminutas faldas que viajan allí, que viva esa señora que no tiene para pagar más, que vivan los ronquidos del viejo que no me permitía leer en paz. Que viva ese encuentro de culturas.


1 comentarios:

Tercerdistante dijo...

Si hablas de las combis, definitivamente estás hablando del Perú y de su Lima tan salvajemente pluralizada. Según lo que relatas, puedo deducir: que los pasajeros, con el tiempo, aprenden contorsionismo; que los cobradores tienen la capacidad de diluir sus cuerpos para atravesar pequeñas rendijas de espacio libre; que las combis son una especie de noticiero sobre ruedas; incluso me atrevería a decir que la combi es como una sala de espera o un purgatorio en donde terminas de hacer lo que te faltó hacer antes de subirte en ella, ya sea dormir, desayunar, ordenar los papeles, leer las separatas para el examen, etc. Pero, lo que sí me parece importante resaltar es que, al menos a mi parecer, en las combis no se dan fusiones culturales, son sólo puntos de convergencia penosa y obligatoria para la mayoría de pasajeros; en donde, al menor roce, explota la bomba del estrés del ejecutivo (o del payaso disfrazado, según el caso), de la menopausia de la señora de los pescados o de la ignorancia (con máscara de violencia) del cobrador, por eso es tan fácil pelearse en una combi. Muy pocos hombres extraños sienten placer al viajar en ella.

Aunque lo que acabo de escribir parezca contradictorio con lo que escribo ahora, a mí me gusta mucho viajar en combis. Esos olores, esas manos sucias, ese lenguaje vulgar, esa forma de vida, es la forma de vida de mi país. No conoce Lima aquél que nunca ha viajado en combi.

Estuve ciego mucho tiempo, con la venda de la indiferencia, y me subía con ella y con mi estrés (o mi disfraz de payaso) a las combis a soportar aquel tortuoso viaje, hasta que la indiferencia se quedó dormida y me dejó ver por una rendija algo bastante particular: una esquina, semáforo en rojo, la combi se detiene; el cobrador corre a comprar dos tajadas de papaya, vuelve y le entrega una de ellas al chofer: "Toma, te invito"; ambos ríen.

No podía creer lo que había visto. Aquel ser al que todos insisten en tildarlo de vulgar y de ignorante, aquél que grita todo el día colgado de una puerta y que, según dicen los bien vestidos, lo único que sabe hacer es gritar; aquél ser de aspecto descuidado y olor muchas veces no tan agradable; aquél ser, el cobrador, estaba mostrando que también podía sentir hambre, el cobrador también podía compartir con un compañero de trabajo, también podía tener amigos, también podía bromear y reír. Aquél ser, el cobrador, estaba mostrando emociones, estaba mostrando compañerismo, lealtad, amistad. Estaba siendo amable. La venda se había desvanecido de mis ojos. Ahora veía a mi hermano. Yo le sonrío a mis hermanos. Yo les doy la mano.