A Milagros o la revolución, que es lo mismo:

En mis manos aún quedan rezagos de la tierna humedad que anoche condensaste para mí. No he querido desprenderme de ella, y he esperado incansablemente (evocando tal vez a la vieja y utópica tejedora que esperaba a su marido volver de la guerra) que estas sensaciones inexorables, que este aroma divino, que estos encuentros clandestinos –pero libres–, sean perennizados en mi piel: intenté -fútilmente- que mis manos se integren a tu humedad. 

Si he caminado como un ciego por los senderos de ese espacio liberado, dirigido sólo por tus manos, ha sido exclusivamente para recordar –recordar es un derecho humano, Mili– esa incierta noche en la que un hombre le proponía a una mujer (mentira, fue ella la quién le dio el consentimiento para que él proponga) la unión de existencias, la salvación mutua, la perdición infinita, las tumbas de la gloria.

Y ahora, desde este lugar incómodo de la vida, soportando un aciago ardor de garganta, una preocupación por el incierto futuro, con ganas de asesinar al monstruo, sintiéndome en armonía y con fuerzas para no permitir que silencien la emoción… escribo estas frases, que a modo de reflexión, no son más que un intento resumido por expresar esto que explota dentro de mí.

En fin (que en nosotros se manifiesta como el inicio), existir de tu mano se vuelve una necesidad, contemplar -para saborear suavemente- el sonido del aroma que se desprende de tu izquierdo, un deber… 

Tu voz, el cigarrillo, ese vestido que mostraste y que no pude arrancarte, el recuerdo de una discusión en la que terminé desenmascarando mis miserias, el tiempo que todo lo cura, tus verdades, mis incertidumbres, tus lamentos por situaciones de eras anteriores, mi estúpida pasividad ante estos tiempos sombríos, mi revolución de cristal, tu desnudez en soledad.

Esa pequeña y dolorosa marca que renombra mi furia, esta humedad que no se funde a mis manos. Estos Pétalos de sal que me embriagan: giros sobre la ciudad contigo: ausencias maldecidas: un camino extraño que recorremos: silenciando el silencio: aparcando sentimientos: descubriendo sensaciones: fundiéndonos en una espiral interminable de dios, de amor.

Que esto no se perennice en la ficción, ni en la realidad; en mis incredulidades, ni en tus sonrisas, ni si quiera que lo haga en la eternidad… porque para seres autistas como nosotros, para los que lo único importante es confundirse en el cuerpo y el sentimiento del otro, eso, que es todo lo demás, no importa ya.



10 comentarios:

Mili del Can dijo...

Y luego dices que no muera;
¿cómo no hacerlo?
Por no ser crítica y por amar lo que excribes, insúltame también.

Te quiero.

KaTh. dijo...

oh

el primo

escritor

que escribe

sobre la

revolucion

que es

mili

<3

Alejandro Ramírez Romero dijo...

La escritura siempre se convierte en la catarsis de nuestros sentimientos. Un gusto pasar por tus letras introspectivas. Saludos desde tierras mexicanas.

CÉSAR ANTONIO dijo...

Instantes eternos, señor Oswaldo.

SIN CALZÓN dijo...

Verdad que no sé qué escribir (comentar), tal vez que al exponer a (tu) Mili, la conviertes en la Mili de todos, por lo menos ficcionariamente y por un segundo; la desnudamos y la olemos como quisiéramos oler al capulí que no alcanzamos, pero claro, cada quien con su propia Mili, imaginaria y muy distinta a la que nombras.

AZAÑA ORTEGA

Hombre Extraño dijo...

Mili del can:

La muerte entendida como nacimiento, es la única que aceptaré...

Kath:

¿La misma prima que habla de unos 17 cm y una cara bonita? jajaja
A propósito, no ponga fotos para que él la vez, proponga que se vena... así las cosas serán mejor =)

Alejandro Ramírez:

Por supuesto, en la escritura solemos dejar todas nuestras frustraciones, toda la miseria acumulada en las jornmadas, todos los sentimientos absurdos, sublimes y contradictorios que nos envuelven... que ésta nunca muera.

César Antonio:

Viejo compañero poeta, estos instantes eternos, son "solo un breve latir en la edad del cielo..."

Escúchala es de Drexler y se llama La edad del cielo, comienza con una frase que me fascina a mi angustia: "no somos más que..."

Sin Calzón:

Sí, la expongo para todos, ante todos. La comparto silenciosamente y permito que se pierdan egoístamente en su agradable aroma, que se extasíen con sus sentimientos, y con lo que provocan sus utópicas ideas.

Pero la enseño con la única petición de que yo no sea el
único que disfrute de ella, que esta emoción placentera por saberla en mí, no quede en un disfrute personal; sino que salte desde mis ojos hacia ti y desde los tuyos hacia él...

Moisés, así es la revolución, la personal, la intimista... pero a la vez la de todos: la desnudamos y la olemos como quisiéramos oler al capulí que no alcanzamos (ahora no, pero después sí, ¿no?)...

Gracias a todos por pasar y dejar sus comentarios... sin embargo... ¿alguien se anima a criticar?

Saludos!!!

César Antonio dijo...

Qué personal, y qué terrible pasión a la vez...

Ana Lucía M. Malacara dijo...

Hombre extraño, tengo ganas de leerte pero no lo haré, no sé si me autocastigo, si sospecho lo que escribiste o si tengo mucha prisa por meterme a bañar, hacer mi tarea e irme a la escuela. De cualquier forma, le envío un saludo.

Anónimo dijo...

Yo si tenia ganas de leerte. Gracias por lo del otro día.
Me enternece ver que mencionas a la chica del vestido. Leerlo es como despertar sentimiento muertos.

Cuidate.

=) dijo...

Por todo lo vivido, hombre extraño. Por todos aquellos pasos que no son erróneos, que, en realidad, son medios para distintos caminos. Por todo lo que hiciste, deseaste y quisite. Por todo aquello que odie, sonreí y me hizo crecer. Por los cigarrillos que se probaron en compañias distintas, por las calles que se compartieron también con otros, por los recuerdos que también nos mantienen vivos y nos dan cuenta de que este presente es aún mucho mejor...
Por que aún como todo eso, un hombre me ha mirado fijamente a los ojos y ha descubierto el infinito( que no es más que su reflejo en mi)