Revaloración póstuma de los cuerpos caídos

Ellos contemplan silenciosamente el cuerpo inmóvil que yace junto al fuego, la sangre que hasta hace un momento no paraba de fluir, se ha coagulado en la tierra. Desde lejos, se oye un fuerte trueno que interrumpe la escena, el más pequeño de todos –que jugaba escarbando la tierra– asustado por el estruendo, rompe a llorar: el viento ingresa violentamente en la cueva e intenta apagar la fogata que los alumbra y los calienta.

Inmediatamente, uno de ellos coloca en el fuego ramas y hojas secas con la intención de perennizarlo; al mismo tiempo, la única hembra del grupo proporciona al pequeño uno de sus pechos, para que mame de este y así se calme. Aún esperan a la otra parte de la banda con la que salieron a cazar.

Repentinamente, uno de ellos, tomando una de las piedras afiladas con las que realiza sus labores diariamente y continuando el juego del pequeño, excava sobre la tierra. Los otros, sin entender qué hace, lo observan extrañados, pero basta que él los mire, que señale el cuerpo de su compañero muerto y que indique con un gesto grotesco hacia afuera de la cueva, para que entiendan: empiezan a cavar también.
Y sin imaginarse lo que están iniciando con esta faena, sin entender muy bien este dolor por la ausencia que ahora los posee, siendo inconscientes de las repercusiones que han de legar a sus descendientes, y tan solo por la necesidad de que al cuerpo de este compañero ausente -que ya no se mueve como ellos, que ya no comparte con ellos-, no se lo coman las fieras, no lo desfigure el tiempo… deciden enterrarlo.

* * * * * *

El inicio de la tarde se caracterizó por la aparición de un sol incandescente al que no estábamos acostumbrados. Ya desde el vehículo (un viejo Mustang que parecía desmantelarse mientras subía y en el que apenas entrábamos), en donde nos acercamos de la carretera central a las faldas del cerro, se sentía el intenso calor que caracterizó el ambiente. Cuando, hartos de tanta sofocación, decidimos preguntarle a una señora que visitaba a su hijo, sobre el clima del lugar, ella nos respondió: “…es que hace más calor porque estamos más cerca al sol: hijo, aquí estamos más cerca al cielo…”.

Esa afirmación no parecía fuera de lugar si teníamos en cuenta la apartada zona en la que nos encontrábamos: a nuestro alrededor, todo era cerros, cielo y tumbas. Las personas parecían ser simples adornos adicionales del paisaje natural, pequeñas hormigas que recorren los caminos impacientemente en busca de algo, de alguien. ¿Qué es aquello que buscan estas personas?, ¿qué las motiva a seguir caminando –con una ramo de flores y una botella de agua– bajo el inclemente sol?, ¿qué hay aquí que los hace volver siempre?

Recuerdo. Muerte. Alegría. Ofrendas. Ausencia. Dolor. Fiesta. Música. Rezos. Nostalgia. Añoranza. Costumbre. Vida.

El cementerio “Paz y Libertad” cuenta con más de medio siglo de fundación (de los cuales lleva aproximadamente 20 años oficializado), creado al mismo tiempo que el distrito de Comas (1954), es el santuario más multitudinario del cono norte limeño. No posee una autorización sanitaria, ni mucho menos, una licencia de habilitación. Se encuentra ubicado muy cerca a la comunidad “La balanza”, a inicios de un cerro, donde todo está en pendiente, lo que facilita que desde su ingreso se pueda apreciar la extensión total de la necrópolis.

Si hay algo que caracterice a este lugar es la soledad; el silencio filtrándose a través de las tumbas, los insectos revoloteando sobre las flores marchitas, el polvo que lo mancilla todo, las rocas erosionadas implacablemente a través del tiempo, son los mejores testigos de lo que aquí sucede diariamente: tumbas tristemente olvidadas, cruces rotas por el juego de los niños, preservativos usados que delatan el uso nocturno de la zona, nichos exhumados, desaguaderos improvisados: Rastro humano.

Pero hoy será diferente, es primero de noviembre y la multitud se avecina sobre el cementerio con la intención de visitar a sus muertos, de rendirles un pequeño homenaje, de recordarlos. Todas las tumbas serán visitadas por alguien, desde las más lujosas (incluyen una limpieza periódica por el que sus dueños pagan mensualmente a los trabajadores del cementerio), hasta las más humildes (apenas enterradas y solo cercadas por piedras, que eventualmente serán movidas para cercar otras tumbas).

Hoy, día de todos los santos, nosotros, los vivos, les ofreceremos cánticos; pediremos en los rezos por el bienestar de la familia, por su salud, para que este año traiga más dinero y, por qué no, el ansiado amor. Prepararemos el plato favorito del difunto, con el fin de comerlo en su nombre; le ofrendaremos wawas, cerveza, habas; la música y el baile será a su nombre, de rato en rato haremos unas vivas por él, ella o ellos. Y cuando el licor someta a todos nuestros sentidos, cuando se alcance la inconsciencia, cuando las lágrimas del recuerdo terminen y el febril y largo regreso a casa sea la litúrgica manera de dar fin a nuestra jornada sacrosanta… el ritual habrá terminado.

Aquí todo se ofrece a buen precio: las flores (las ‘floreras’ –como las llamó una anciana que vendía velas– ganan más dinero que en cualquier otra jornada de trabajo), el agua con las que se las riega (en botellas de gaseosa que se devuelven a su vendedor), el pintado de piedras para las tumbas (chicos de apenas 9 años se pasean por el cementerio ofreciendo sus servicios), el alquiler de baños (a 50 céntimos: un inmenso zanjón que, luego de cada cierto tiempo, es rellenado con un poco de tierra del lugar).

Los huaynos son lo que las orquestas más tocan y lo que la gente más baila, los rezadores piden “una propinita” a cambio de un buen Padre Nuestro y un Credo bien pronunciado. Las vendedoras de golosinas se pasean con sus bebés en los hombros, los puestos de fritangas son abarrotados por la gente, alguien anuncia a viva voz que el plato de Pachamanca cuesta 10 soles, un vendedor de wawas discute con una señora sobre un vuelto no entregado. El negocio de la cerveza es el que más produce: sin importar que las 20 ó 25 cajas estén puestas sobre la tumba de algún fallecido, se compra y vende la cerveza y es que todos quieren beber con su muerto.

El sentido de la muerte va tomando nuevas consideraciones bajo este contexto, en esta cosmovisión particular sobre el culto rendido a los antepasados (serenatas folklóricas, bailes, comidas típicas y atípicas, ornamentación preciosista, comercio etílico, rezos, cánticos, etc.), se evidencian las características de las diferentes identidades populares, producto del sincretismo de una cultura milenaria (la andina), a la que se le han incorporado características propias de la modernidad (occidente).

Es así como se forma una nueva concepción en el imaginario colectivo. A este rito tradicional, autóctono, proveniente de una costumbre milenaria enraizada en el inconsciente colectivo de la población (ofrendas, cánticos, rezos), se le incorporan contenidos y formas de la modernidad (comercio, celebraciones, formas de organización). Retoma los elementos del pasado y los fusiona con los elementos del presente, generando una particular costumbre en el individuo.

Y es así como el individuo manifiesta en los diferentes rituales conmemorativos a sus muertos, la vitalidad de sus costumbres adquiridas. No importa que el camposanto carezca de autorización sanitaria o de una licencia de habilitación, no. A él solo le bastará que el cuerpo de su ser querido ocupe ese pedazo de tierra indomable, en ese caótico orden, a las espaldas del mundo. A él solo le bastará un ramo de flores, una wawa fresca, un trapo humedecido para limpiar la cruz empolvada y arreglar las piedras movidas para recordarlo, para evocar aquellos tiempos en que aún estaba a su lado, acompañándolo.

La ausencia hace mucho que dejó de ser dolor… hoy es alegría…

La tarde llega a su fin y la multitud ha empezado su descenso: largas hileras de personas que van bajando por todo el camino. El ambiente oscurece y a lo lejos se observan las velas encendidas en las tumbas: bellas luciérnagas que contrastan con la oscuridad del paisaje. Desde lo alto, la luna llena brilla en todo su esplendor como apoyando la jornada. Esta noche, cuando las almas salgan a compartir los alimentos, el licor, las músicas, todo el amor ofrecido, en este cementerio iluminado ya no habrá soledad.



A Milagros o la revolución, que es lo mismo:

En mis manos aún quedan rezagos de la tierna humedad que anoche condensaste para mí. No he querido desprenderme de ella, y he esperado incansablemente (evocando tal vez a la vieja y utópica tejedora que esperaba a su marido volver de la guerra) que estas sensaciones inexorables, que este aroma divino, que estos encuentros clandestinos –pero libres–, sean perennizados en mi piel: intenté -fútilmente- que mis manos se integren a tu humedad. 

Si he caminado como un ciego por los senderos de ese espacio liberado, dirigido sólo por tus manos, ha sido exclusivamente para recordar –recordar es un derecho humano, Mili– esa incierta noche en la que un hombre le proponía a una mujer (mentira, fue ella la quién le dio el consentimiento para que él proponga) la unión de existencias, la salvación mutua, la perdición infinita, las tumbas de la gloria.

Y ahora, desde este lugar incómodo de la vida, soportando un aciago ardor de garganta, una preocupación por el incierto futuro, con ganas de asesinar al monstruo, sintiéndome en armonía y con fuerzas para no permitir que silencien la emoción… escribo estas frases, que a modo de reflexión, no son más que un intento resumido por expresar esto que explota dentro de mí.

En fin (que en nosotros se manifiesta como el inicio), existir de tu mano se vuelve una necesidad, contemplar -para saborear suavemente- el sonido del aroma que se desprende de tu izquierdo, un deber… 

Tu voz, el cigarrillo, ese vestido que mostraste y que no pude arrancarte, el recuerdo de una discusión en la que terminé desenmascarando mis miserias, el tiempo que todo lo cura, tus verdades, mis incertidumbres, tus lamentos por situaciones de eras anteriores, mi estúpida pasividad ante estos tiempos sombríos, mi revolución de cristal, tu desnudez en soledad.

Esa pequeña y dolorosa marca que renombra mi furia, esta humedad que no se funde a mis manos. Estos Pétalos de sal que me embriagan: giros sobre la ciudad contigo: ausencias maldecidas: un camino extraño que recorremos: silenciando el silencio: aparcando sentimientos: descubriendo sensaciones: fundiéndonos en una espiral interminable de dios, de amor.

Que esto no se perennice en la ficción, ni en la realidad; en mis incredulidades, ni en tus sonrisas, ni si quiera que lo haga en la eternidad… porque para seres autistas como nosotros, para los que lo único importante es confundirse en el cuerpo y el sentimiento del otro, eso, que es todo lo demás, no importa ya.



Repugnancias, malestares y otros dilemas…

todo lo que me dio asco se quedó dentro de mí para siempre y no supe expulsarlo...

De pronto te levantas y sientes asco, no por el desordenado lugar, no por los estragos de una amanecida medianamente etílica, tampoco es el agudo bullicio que invade la habitación: no. La repugnancia es más antigua, no ha nacido esta mañana, ni por estos tiempos, te acompaña desde hace mucho y ya se ha hecho parte de ti: de vez en cuando la escondes, la camuflas bien, pintada con una ilusión o encubierta con un pensamiento… pero cuando estas ilusiones se derriten y tus caducos pensamientos se esfuman, vuelve a aparecer: fría y salvaje, inmensa y angustiante.

Esta repugnancia es ancestral: te acompaña hace mucho. Te levantas, te diriges al baño sorteando los discos escuchados, los libros a medio leer, la ropa sucia o limpia que reposa en el piso del cuarto. En el baño, te miras al espejo y no te reconoces: esa cara no te pertenece, esa marca en tu rostro, ese color de piel, esa mirada es de otro, de otro tipo. Se agudizan las divagaciones con las que despertaste. Humedeces tu cuerpo, filtras los líquidos, recubres tu piel.

Miras el reloj y te percatas que el tiempo de tu encuentro ya se ha vencido. Miras por la ventana y la garua flota en el ambiente; por el pasillo, la luz se va degradando hasta volverse oscuridad. Llamas a alguien, y nadie responde, nuevamente se han ido y una pequeña nota remarca su ausencia: “Regresaremos”.

La afonía del espacio te recuerda aquella noche en que la infinita y fría soledad te permitían escuchar el silencio: sí, hombre infrecuente, el silencio también tiene sonido. Revives el momento: una brisa que hace temblar, oscuridad iluminada, persistencia de algo que no entiendes.

Enciendes un cigarrillo y, aspirando el amargo sabor que producen estos filtros baratos, aparecen las siempre inoportunas nauseas. Lentamente, tu respiración se agita y se inicia un extraño desazón en el estómago que se eleva poco a poco. Tratas de controlarte pero es imposible, huyes hacia el baño y mientras depositas aquello que tu cuerpo rechaza, mientras sientes repugnancia frente a este malestar físico, recuerdas el asco con el que hace poco te levantaste.

Caminas en busca de agua, en el camino divisas el cigarrillo mancillado en el suelo. Tratas de apagarlo para fumarlo después, pero recuerdas la antigua enseñanza de que un cigarrillo encendido se fuma o se arroja. Lo desechas.

Sacias tu sed y la amargura del vómito se confunde con el líquido. La repugnancia vuelve a tu mente. Qué es este asco que sientes… a qué se debe, cuándo se inició… ¿repugnancia? a qué… por qué…

No lo entiendes, no… pero tampoco quieres entender…

Razonamiento


Aleberto Montt

Dosis diarias

Sobre el “progreso” o como nos apoderamos, con arrogancia, de todo…


“Al principio, habiendo todo y habiendo nada, era inevitable crear algo, que sin llegar a serlo todo, fuera necesariamente nada…. Entonces se creó al hombre…”

Adaptación de Los encantos de la culpa, Pedro Calderón de la Barca.


Sobre los floridos campos, donde el rey de las flores confundía los aromas; dentro de las cuevas más profundas, en plena lucha de estalactitas contra estalagmitas; por el azul de cielo, que aves bonitas han coloreado desde siempre.

Dentro del lago más profundo, donde el “monstruo” del lago Ness esperó a la ballena que se tragó a Jonás; en la cima del monte más elevado, en el agujero del volcán más ardiente, en los nidos más insólitos...

A todos lados llegaremos, no importan distancias, fronteras o sentimientos. Nada nos es imposible: si no tenemos algo, lo fabricamos. Si algo se resiste a servirnos, lo inutilizamos. Cuando falte agua, la crearemos. Cuando el sol se derrita, un satélite lo suplantará. Si el oxígeno escasea, produciremos masivamente compuestos químicos que suplanten este elemento. Nada nos detendrán… en última instancia: sobrevivimos, siempre sobrevivimos.

Y usaremos el arcoíris como pisapapeles, los batallones de abejas chiquitas serán nuestros empleados más eficaces, cazaremos todas las flores para que mantengan nuestra juventud. Cogeremos todo y no daremos nada a cambio: nuestros niños serán el mejor anzuelo para las raras especies; los ríos, el depósito de lo inservible; los desiertos, el lugar preciso para probar nuestras armas. La tierra, este lugar al que extrañamente nuestros antepasados rindieron culto, es hoy nuestro imperio.

Pero esto es solo el comienzo. Nuestro progreso, el progreso de todos, nos llevará al universo entero, conquistaremos los demás planetas y la Tierra será el modelo de vida interestelar. Nada se interpondrá entre nosotros y el desarrollo. El futuro es nuestro, solo nuestro.

¿Te nos unes?

A dónde habrá ido a parar todo...



En el comienzo, por el mismo lugar donde sale diariamente dios, no había nada. Nada que importe. Al atardecer, rítmicamente acompañábamos las sombras de nuestros muertos: un húmero convertido en flauta, un quijada sonora, ojos cristalizados que vibraban bien.

Por ese entonces las miradas aún no se evaporaban, no conocíamos los impares y solo contábamos de dos en dos. Los espejos aún no se inventaban, las voces no se negociaban… por esto mismo, todavía se mantenía la buena costumbre de respetar la soledad de cada uno, sobretodo cuando se le veía a alguien sentado solo, nadie se le acercaba: conversaba con su muerte.

Todavía cantábamos, nuestra sangre era fría. De las manos, todavía no se borraban los destinos. Decíamos hermanos y nuestras frases, nuestros utensilios, los mantos usados, el alfabeto aprendido y las melodías entonadas… aún no se vendían.
Recuerdo que solíamos juntarnos bajo la llovizna gris, frente a Dios para darnos calor, bebíamos agua y bastaba para calmar nuestro vientre. Presentábamos a nuestros hijos ante la madre mayor, que en la altura reina la noche. Andábamos desnudos, con las miserias expuestas a todos…

Retratábamos la vida en vasijas de barro, llorábamos la partida de algo, fornicábamos sin preocuparnos por la descendencia, no nos enfermábamos más que de olores. Si se rompía algo, dios lo reparaba. Si alguien desaparecía, alguien lo reemplazaba.
Esos tiempos eran armonía pura, simplicidad compleja.

Qué pasó con ellos…


A dónde habrá ido a parar todo…

Pétalo de sal…

“…y no es tan trágico mi amor,

es este sueño, es este sol,

que ayer pareció tan extraño

o al menos tus labios.

Yo te entiendo bien,

es cómo hablarle a la pared

y tú podrías darme fe…”

 

Pétalo de sal, Fito Páez

No sé si es Baires o Madrid

 

Es probable que se haya evaporado mucho tiempo en tratar de escribirte; la hoja vacía frente a mí me reclama palabras, el pensamiento explosionando en ideas incapaces de concatenar, la incertidumbre de algo que se siente, que se palpita, que se huele, pero que no se entiende.

Al inicio, en el origen de este camino, creí –porque los escépticos también creemos– que todos estos intercambios textuales solo eran parte del gran flirt cibernético, propio de estas tecnologías, de estos medios. Frases que se dicen ligeramente pero que en la realidad (la absoluta, la verdadera, aquella que nunca entenderemos) se olvidan.

Pero no fue así. Bastó un aroma sobre tu cuello, una sonrisa compartida, la prohibición del cigarrillo, una confidencia ajena, sincera y amorosa… para enredarnos en cosas de otros mundos.

Y mírame ahora mujer.  ¿Qué tienes? ¿Qué posees? Solo me queda invitarte a que los encuentros sigan siendo atemporales, lluviosos e inciertos. Porque la incertidumbre que ahora me embarga no es la que hace mucho me hizo divagar, sino es aquella que provoca preparación, bienestar… esta es la incertidumbre propia de los que se atreven a conocer, a descubrir.

Y yo pretendo descubrirte… bajo mis manos, en ese frasco amarillo donde guardas tu aroma, en la bufanda prestada, en esa miniatura que rompí, en la novísima chompa morada, en los cigarrillos que me prohíbes y en los que me permites, en las húmedas caricias, en tus muecas, en las explicaciones que no puedo darte.

Porque esta noche también ha llovido, también he fumado y recorrido la ciudad igual que siempre, pero mis manos, mi olfato y mis labios han percibido extrañamente tu ausencia. Y al percibirla, me he dado cuenta de algo que se siente, que se palpita, que se huele… pero que no se entiende…

Sé que contigo lo entenderé.

Regreso del paraíso, que no es otra cosa que el infierno enmarañado...


Ahora que bajamos del paraíso, que no es otra cosa que el infierno enmarañado... ¿Podremos contemplar (mirando con los oídos, oyendo con los ojos, hablando con las manos y oliendo con la lengua) de la misma manera la realidad?

Porque a pesar del silencio, que es más fuerte que nuestras conciencias, yo podré navegar por cualquiera de tus caminos... al final, todos, cualquiera, me conducen a manantiales de aguas inexplicables y heladas.

Las ganas de fumar se evaporan, tus senos se palpitan mejor en la oscuridad. Con mis crayolas retrataré el casual evento de este viaje. Porque el hombre se hace más hombre cuando contempla la armonía, hallada muy lejos de la ciudad y sus horarios cuadriculados, de sus sonidos primitivos y estúpidos, más lejos aún -como cantaba el poeta- de sus habitantes de ropas e ideas vacías.

Y la desilusión es inevitable. Retornamos con la cara y la conciencia empolvadas, con las satisfacción de un encuentro casual con el paraíso, con el desánimo de reencontrarse con la realidad...

Porque aquí se volverá a depender de sus caricias y del humo, de unos libros y del tiempo. Somos los novísimos esclavos del 21: con sus cadenas llamadas mochilas, maletas, maletines o morrales. Poseyendo el número de reo en el DNI, juzgando a matar, jugando a morir.

Espero que quede el recuerdo de que un hubo un lugar, probablemente el cielo o muy cerca a él, donde nos sentimos dichosos, siquiera una vez.