El ocaso de un ídolo
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ENRIQUE VERÁSTEGUI, 40 AÑOS DESPUÉS DE ‘EN LOS EXTRAMUROS DEL MUNDO’
11 de setiembre
Muchos años después (100, 500 ó 1000... dependiendo de cuánto tiempo le quede al planeta antes de explotar), las generaciones futuras vivirán el 11 de setiembre como ahora se vive el 10 o el 12 del mismo mes. La caída de Catalunya, el atentado a las torres, la muerte de Krushev o el asesinato de Allende (y con él, la muerte de todo un sueño generacional) sólo serán breves líneas en un gigantesco, enorme e inteligible libro de historia que permanecerá olvidado y empolvado al fondo de una biblioteca que ya nadie visita. "Dentro de un siglo seremos esa historia de colegio que aburre a los niños porque ya pasó", diría Silvio... dentro de un siglo seremos la sentencia de algo incierto, la memoria del silencio, un rumor esparcido en el vacío, una leyenda con muchas versiones que ya nadie sabe contar.
Claudicar ante la promesa de ser virtuoso...
Si claudicara, todo sería más fácil. Aceptaría los placeres sin el molesto sonido de mi conciencia diciéndome: mientras disfrutas, dañas a alguien. Si pudiera hacer lo que solo mis impulsos dictan, no camuflaría esta desazón por hacer lo que se puede, más no se debe hacer. Si claudicara en el intento de ser virtuoso, mis manos ya no temblarían al apretar el gatillo, al anudar la horca o al afilar el cuchillo. Porque esta vez me he sentido más cercano al abismo y el problema de retar esa abrumadora proximidad, es que a veces, uno se termina lanzando solo para probar.
Si claudicara, ya no tendría miedo de acercarme y preguntarles sus nombres. Tampoco rechazaría las invitaciones para el retozo erótico de los cuerpos sin rostros. Me uniría al clan de los insalvables que creyendo engañar a todos, solo se engañan a sí mismos. Sí, sería un canalla, un maldito hipócrita que sonríe sabiendo que cuando voltees te clavaría una daga en la espalda. Sí, sonreiría y mi máscara se volvería más sólida, ya no solo cubriría mi rostro, sino también mis manos, mi espalda, mi ombligo, mis vellos y mi rojo glande que uno de esto días explotará.
Pero yo no quiero renunciar. Y sin embargo hacia allí me dirijo. Digo no con una mano, pero inmediatamente con la otra borro lo dicho. Y queriendo salvarme, me pierdo más. Y queriendo ayudar, problematizo más. Y sin saber cuál es mi destino, me siento en una banca del parque oscuro y tratando de que nadie me reconozca, enciendo un cigarrillo que se acaba rápido y lloro desconsoladamente, lloro como si hubiese perdido algo, pero ese algo nunca lo tuve, nunca fue mío… ¿entonces de qué lloro?
Y allí estoy sentado, esperando que venga alguien o algo a decirme qué hacer. Jugando con las hormigas que han formado figuras extrañas y hasta familiares: un rostro arrugado de mujer, unos libros que perdí, las lágrimas de un niño, la melancolía de esta tarde.
Cuando pasen esta noche por allí y me vean sentado, sucio y cansado, no se me acerquen. Hoy quiero estar solo y seguir hundiéndome en esta diatriba: ser o no ser virtuoso.
La historia no nos pertenece
La historia no nos pertenece... La historia es de quienes la han padecido verdaderamente: aquellos que se quedaron solos, los que vivieron atormentados, los anómalos que justificaron su vida en algún vicio, los que padecieron la orfandad, el aislamiento, el dolor, la enfermedad, la demencia.
Los hombres que nadie entendió, los infelices: a ellos pertenece y solo de ellos está compuesta la historia. Nosotros –seres mediocres que viven en una burbuja de abaratada imitación–, no quedaremos registrados en la Historia. Desde nuestra cómoda posición en la vida, no hemos padecido, ni contemplado, ni siquiera imaginado la verdadera dimensión de la vida. La desconocemos, la ignoramos, no nos importa… por ello, seremos olvidados. Los hombres sin historia no son la historia.
Una palabra para ti
Pienso en una palabra para ti y no se me ocurre cuál nombrar. Sé que la palabra podría ser un sentimiento o un sueño, una idea en común o una experiencia, una habitación o un color, un nombre o un lugar. Pienso en una palabra para ti. También puede ser una palabra que no signifique nada, una inventada, una que nunca se inventó, una que se inventó pero que nunca se usó. Un grito, un gemido en agudo, un gemido en grave. ¿Qué palabra prefieres? Y no me atrevo a nombrar ninguna. Solo me atrevo a nombrar letras, solo algunas, por ejemplo una H, pero esa no necesitaría nombrarla por ser silenciosa y eso es como decir nada. Una A tal vez, pero sentiría que copio las letras que antes otros ya te nombraron. He intentado decirte Q, R o W… pero nada da con lo que quiero expresarte, nada se acopla firmemente.
Así que busco una palabra para ti. Nada sencilla, nada ostentosa. Que sin decir mucho ya diga bastante. Que pareciendo vacía esté repleta. Que no estando allí, esté. Una palabra que no por recordarse, se olvide. Una palabra que no tenga una significación real, pero que no caiga en los laberintos de lo abstracto. Una palabra que sea un laberinto con salida fácil. Una palabra que sea una larga historia, complicada y terrible, pero con final feliz. Una palabra que ilusione a los niños como a los viejos. Una palabra en la que crean aquellos que ya no creen en nada. Una palabra para los que perdieron a los suyos, para los que se perdieron a sí mismos. Una palabra que designe tus acciones, tus gestos y tus movimientos; pero que a su vez designe tus sentimientos, tu razonar y tus sensaciones. Una palabra para ti.
Sigo buscando una palabra para ti. Que no por ser buena, esté finalizada. Una palabra que pueda completarse, a la que siempre que se le recuerde se le pueda añadir algo nuevo. Una palabra que también tenga música incorporada, que de vez en cuando pueda cambiar de color. Que tenga mil formas de uso y que las personas las sepan sin necesidad de que alguien se las explique. La palabra que no caiga en desuso, que no pueda clasificarse. Una palabra que no necesite mencionarse. Una palabra para ti. La palabra perfecta, la adecuada, la que sea capaz de matar, de crear. La palabra que te evoque completamente, para que cuando ya no estés yo la mencione a media voz y aparezca todo lo que eres, o lo que fuiste, o lo que serás. Una palabra que solo tú y yo entendamos, pero que todos sepan de su existencia, intuyan su necesidad, crean imprescindible su creación. La palabra. Busco una palabra para ti.
Afinar la guitarra, lustrar los zapatos, descargar música, hincarse los brazos, calcular cifras, redactar presupuestos, agregar tu número telefónico, evitar hablar contigo, desesperarme por su ausencia, comer despacio, cuatro cucharadas de azúcar, contar el pasaje, pedir dinero prestado, leer sin entender nada, sentir miedo, tragarse el hambre, hacer el crucigrama, sentirme rechazado, dejar inconcluso el sudoku, recortar el guión, alejarse de la señorita que me va a causar problemas, escuchar la novena repetición de lunes por la madrugada, los acordes de desarma y sangra son muy difíciles, escribo para no morir, el reportaje de la semana, la actuación de la semana, los celos de la semana, la soledad del minuto, Borges y su invocación a Joyce, mi alegoría de Caín que perdimos, la soledad acompañada, el libro que nunca leíste, el que nunca te entregué, el que nunca escribiré, la ciudad de madrugada, veintisiete de octubre, el ocho de algo o de alguien, yo vi caminar por las calles de lima…, yo caminaba por las calles de lima, yo he muerto en esas calles, yo y mi otro yo te saludamos, la onceava repetición de lunes por la madrugada, mirarla dormir, recordar la infancia y el desarraigo, los sueños rotos, la tristeza de estar vivo y sentirse muerto, el engañar astutamente, el parafrasear a medias, la disciplina, la disciplina, la disciplina, Tú, esto, ella y él también, sudar, sangrar, orinar, llorar, eyacular, vomitar, cagar, hoy, la luna en febrero, la luna en octubre, no es verdad este amor, más allá de toda pena siento que la vida es buena, jugando a creernos libres, seguir lustrando los zapatos, el disco aún no descarga, corregir los signos de puntuación, escuchar un aullido a lo lejos, recordar que mi madre decía que eran avisos de malas noticias, reírme de esto, la repetición número catorce de lunes por la madrugada, siento la emoción de haber dejado lo mejor, malas noticias, ojalá que sea así.
LA FUNCIÓN ETERNA
El escenario está vacío. Las luces, apagadas. Se escuchan algunas melodías de Einaudi que –durante el transcurso del silencio y antes de que se hable– irán incrementando su volumen. Aparece el hombre en escena. La luz cenital va encendiéndose sobre él, con suavidad, con miedo: tiene los ojos cerrados y su rostro revela cierta cicatriz melancólica que el maquillaje no ha podido disimular. Trae un pantalón que más tarde se destrozará, unos zapatos negros perfectamente lustrados y unas manos cansadas, de un rojo obsceno. Tiene el dorso desnudo. Todos lo miramos con reprobación, con asco, con lujuria. A algunos, el estrépito de la música (para este momento ya debe sonar en toda su magnitud) empieza a incomodar a algunos. El hombre abre los ojos, camina hacia los espectadores. La música termina y con tono solemne, casi indiferente, dice hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad, al finalizar la frase desliza una sonrisa irónica de la que aún muchos años después se seguirá hablando. En ese momento nadie entenderá el gesto, después tampoco. Repite nuevamente la frase, vuelve a cerrar los ojos. La función ha empezado. Nunca acabará.



